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La Coctelera

Alberto Sierra

21 Junio 2006

25 mil personas mueren de hambre en un día; 175 mil cada semana y 9 millones al año

Hoy se gastan 900.000 millones de dólares en defensa, unos 325.000 millones en subvenciones a la agricultura y sólo entre 50.000 y 60.000 millones en ayuda para el desarrollo.

Un día de gasto militar representa seis veces el presupuesto anual de la FAO. En un día, 25.000 personas mueren de hambre en el mundo. Más de 175.000 cada semana. Nueve millones a lo largo del año.

El crecimiento demográfico, una productividad precaria y la imposibilidad de competir contra los subsidios agrícolas de los países enriquecidos, son las principales causas del hambre.

Cuando acabe de escribir este artículo, cerca de 2.000 personas habrán muerto de hambre en el mundo. El primero de los Objetivos del Milenio (ODM) para el desarrollo de los países empobrecidos es reducir el hambre a la mitad en 2015. Seis años después de establecer ese objetivo como eje del desarrollo, 852 millones de personas sobreviven con problemas de nutrición.

Las poblaciones rurales y agrícolas de los países empobrecidos son las más afectadas por la desnutrición. El libre comercio internacional actúa contra estas poblaciones. En los países empobrecidos, las leyes del mercado imponen qué productos cultivar y a qué precio pueden venderse.

Para que un producto agrícola de un país empobrecido pueda acceder a un mercado del Norte, deben pagar un 60% en aranceles. Sin embargo, en el mismo trayecto para un producto industrial, los aranceles apenas suponen un 6%.

Lo contrario sucede en los países del Norte, donde las ayudas y subsidios agrícolas suponen un 60% de los ingresos para un agricultor de cualquier país desarrollado; en estos países se reparten cerca de 1.000 millones diarios en ayudas agrícolas.

Por fin, en la última cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) celebrada en Hong Kong, los países desarrollados se comprometieron a eliminar los aranceles y subsidios... para finales de 2013.

El hambre no se detiene, pero el gasto militar y la venta de armas tampoco. Los Estados miembros del G-8 producen, cada año, el 84% de las exportaciones de armas en el mundo. Invierten en la industria armamentística diez veces más que en la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD).

Países como EEUU o Italia incumplen sus propias leyes, que prohíben la venta de armas a países en conflicto, y exportan armas a naciones como Sri Lanka, Sierra Leona o Sudán. Traficantes de armas de estos países han violado con total impunidad los 13 embargos impuestos por la ONU durante la última década.

Desde 1999, los países de África, Asia y América Latina han gastado más de 87.000 millones de dólares en armas, una media anual de unos 22.000 millones de dólares. Sólo en la Guerra de Iraq, desde 2003, EEUU ha derrochado más de 300.000 millones. La FAO asegura que bastarían 25.000 millones al año para reducir a la mitad el hambre en 15 países de Latinoamérica y África antes de 2015 y salvar de una muerte segura a 900.000 niños.

Las AOD no se acercan, ni de lejos, a las cantidades acordadas en Nueva York en el año 2000. Según la FAO, con el actual ritmo de ayudas no conseguiríamos erradicar el hambre hasta 2150.

Setecientas mil personas, en cien países diferentes, se manifestaban hace pocas semanas contra esta epidemia. En Madrid, el lema de la protesta era una llamada al compromiso social y un canto de esperanza, Estamos lejos de erradicar el hambre, pero somos los primeros que podemos conseguirlo. Y es que el papel de la sociedad civil es fundamental para exigir a quienes dirigen el mundo que suspendan las injustas reglas del comercio internacional y dejen de jugar a este estúpido juego en el que se invierte más dinero en defensa y armas mortíferas que en erradicar el hambre para salvar vidas. Nuestra voz debe ser el primer arma contra el hambre.

Estamos lejos de erradicar el hambre porque en el planeta, hoy, se gastan 900.000 millones de dólares en defensa, unos 325.000 millones en subvenciones a la agricultura y sólo entre 50.000 y 60.000 millones en ayuda para el desarrollo.

Pero somos los primeros que podemos conseguirlo porque quienes dirigen el Mundo pueden escuchar nuestra voz. Porque nuestro deber, como ciudadanos comprometidos en un mundo globalizado, es impedir que alguien muera por falta de alimentos. Porque sabemos que, con los medios disponibles, nadie está condenado a morir de hambre.

Tags: pobreza, fao

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